El trabajo de Massimo Pisani se caracterizaba ya en las obras precedentes (pienso en particular a la serie de los “Carboni” y de las “Fabbriche”, entre 1986-1987) por una doble inspiración. De un lado un sentido natural de los valores geométricos, que lo lleva a acostar los volúmenes quitándole cualquier excedencia o estorbo decorativo. De otro lado un sentimiento metafísico, que sumerge aquellos volúmenes en una atmósfera a mitad entre enigma y ironía, entre oscuridad y clarores metálicos. La esencialidad, la perentoriedad geométrica se carga así de dimensiones evocativas y visionarias, suspendidas entre las ciudades de Mario Sironi y “El desierto de los Tártaros” de Dino Buzzati. En los éxitos mas recientes (pienso esta vez a la serie “Banco”, o a los “Accelleratori”), las obras de Pisani han cogido un camino difícil y emocionante a través los recorridos de los objetos, de la instalación alquímica, de la tecnología y de la metalurgia surreal: Aparecen, en su trabajo, maquinas y mecanismos “inútiles” en la acepción dadaísta, en los cuales aparatos electrónicos y dinámicos, privados de su funcionalidad adquieren un carácter sarcástico y junto alarmante, rodeando el espectador con su inmóvil, iridiscente presencia. El elemento objetual, pero, esta siempre subordinado a la precisión geométrica, que es una de las características más recurriente del joven artista. En las esculturas, en las instalaciones vuelven continuamente líneas ortogonales, rectas, rectángulos de metal, quiasmos rítmicamente inscritos en cuadrados, secuencias seriales que miden ordenadamente el espacio. En el fondo de su vena demoníaca, digna de un aprendiz brujo, la metalurgia metafísica de Pisani remanda en realidad a Platón: los arquetipos inmutables de las ideas que, también si aquí se encarnan en un teatro povero, llevan grabadas las huellas de una vocación más absoluta.
Elena Pontiggia 1990
